Columnista Heidi Zahn
Más allá de las fronteras geográficas, la diversidad de costumbres, creencias, expresiones artísticas y formas de vida es una fuente de conocimiento, creatividad y humanidad compartida.
Diversidad que construye
Cuando hablamos de “riqueza cultural”, no nos referimos a algo exótico o decorativo. Hablamos de una dimensión esencial del ser humano, una herencia viva que se transmite, se transforma y se comparte. Cada cultura lleva consigo una forma única de entender el mundo, y en el intercambio entre ellas se genera algo profundamente valioso: el aprendizaje mutuo.
“La cultura no es una barrera, es un puente. Y ese puente se construye cada vez que nos acercamos al otro sin prejuicios”, afirma Leila Rahmani, antropóloga especializada en estudios interculturales.
Más que tolerancia: reconocimiento
Durante mucho tiempo, los discursos sobre la diversidad cultural se han centrado en la tolerancia. Pero en la actualidad, el verdadero reto está en ir más allá: en reconocer el valor intrínseco de cada cultura, respetar su historia y su forma de ver el mundo, y abrir espacios reales de participación y escucha.
Este reconocimiento es especialmente necesario en contextos de migración, integración y globalización acelerada, donde el riesgo de homogenización cultural convive con el de la discriminación y la invisibilización de las minorías.
Fronteras físicas vs. fronteras mentales
Las fronteras más difíciles de cruzar no son siempre las que marcan los mapas, sino las que levantamos en nuestras mentes. Prejuicios, estereotipos y miedos construyen muros invisibles que impiden el encuentro. Y, sin embargo, allí donde se abren espacios de convivencia —en las escuelas, en los barrios, en el arte, en el trabajo comunitario— florecen nuevas formas de ciudadanía y de identidad compartida.
Las ciudades multiculturales son, en este sentido, laboratorios vivos de futuro. Espacios donde la diferencia no es amenaza, sino motor de transformación y creatividad.
El papel del arte y la educación
La música, la literatura, la danza, el cine, la gastronomía… son lenguajes universales que permiten tender puentes. A través del arte, las culturas dialogan sin necesidad de traducción. Y a través de la educación, las nuevas generaciones aprenden que lo diverso no divide: amplía horizontes.
Invertir en cultura y en educación intercultural no es solo una cuestión de justicia, sino también de sostenibilidad humana y social. En un planeta donde todo está interconectado, necesitamos sociedades capaces de convivir con respeto, curiosidad y empatía.
La riqueza cultural no está en los museos: está en las calles, en las voces, en las historias que cruzan fronteras todos los días. Cuidarla, valorarla y compartirla es un compromiso con el presente y con las generaciones que vendrán.
