Columnista Heidi Zahn

En un momento histórico en el que la polarización y la desinformación amenazan con ensombrecer el diálogo entre culturas, el programa Erasmus+ emerge como una de las herramientas más eficaces —y humanas— de la Unión Europea para fomentar la comprensión mutua, el respeto y la riqueza de la diversidad cultural.

Un programa que trasciende las fronteras académicas

Nacido en 1987, Erasmus ha evolucionado más allá del simple intercambio de estudiantes universitarios. Hoy, bajo el paraguas de Erasmus+, se integran proyectos que abarcan desde la formación profesional y la educación para adultos hasta la cooperación entre organizaciones y programas de voluntariado. Lo que todos estos componentes tienen en común es su capacidad para poner a las personas en el centro del aprendizaje intercultural.

Diversidad que se vive en primera persona

Quienes participan en una experiencia Erasmus no solo adquieren conocimientos académicos o habilidades profesionales. Viven —a menudo por primera vez— el hecho de convivir con realidades distintas a la propia. Aprenden nuevos idiomas, celebran otras tradiciones, comparten mesas, dudas, alegrías y desafíos con personas de múltiples nacionalidades. La diversidad, en Erasmus, no se estudia: se experimenta.

“Una cosa es conocer la diversidad desde los libros; otra, muy distinta, es sentarse en una clase con personas de cinco países diferentes y darte cuenta de que todos buscan lo mismo: comprender y ser comprendidos”, cuenta Marta Ruiz, exalumna Erasmus en Bruselas.

Erasmus como laboratorio de ciudadanía europea

En ese intercambio cotidiano de ideas y costumbres, el programa contribuye silenciosamente a construir una identidad europea abierta y plural. No borra las diferencias: las pone en valor. Quien regresa de una experiencia Erasmus suele hacerlo con una mirada más crítica, más empática y más comprometida con la realidad social.

Además, para muchas personas jóvenes, Erasmus es su primer contacto con una cultura distinta a la de su entorno. Esa vivencia, muchas veces transformadora, siembra una semilla de apertura que germina a lo largo de toda la vida.

Un antídoto contra la intolerancia

En tiempos donde los discursos excluyentes parecen ganar terreno, el contacto directo con la diversidad humana es una vacuna eficaz contra la intolerancia. Erasmus permite ver al otro no como amenaza, sino como oportunidad. Como espejo, incluso.

Y es ahí donde radica uno de sus mayores logros: en demostrar que la convivencia es posible, que las diferencias no dividen, sino que enriquecen, y que solo conociendo al otro podemos reconocernos también a nosotros mismos.

Conclusión con puntos clave

Erasmus no es solo un programa de movilidad: es una apuesta firme por una Europa más humana, inclusiva y diversa. Y en ese camino, cada experiencia cuenta.