Columnista Heidi Zahn

El desplazamiento, el encuentro y, en ocasiones, la incomprensión entre pueblos, la educación se revela como uno de los puentes más sólidos y necesarios entre culturas. Más que un transmisor de contenidos, el sistema educativo tiene el potencial —y la responsabilidad— de formar ciudadanos capaces de convivir, dialogar y construir un futuro común desde la diferencia.

La escuela como espacio de encuentro

Aula tras aula, la diversidad cultural ya no es una excepción, sino la nueva norma. Estudiantes procedentes de contextos distintos comparten pupitres, lenguas, saberes y vivencias. Este mosaico humano, lejos de ser un obstáculo, es una oportunidad única para el enriquecimiento mutuo.

Pero para que la diversidad florezca, hace falta algo más que presencia: se necesita una educación intercultural, que no solo tolere, sino que valore activamente las distintas formas de ver y estar en el mundo.

“La verdadera inclusión comienza cuando dejamos de ver la cultura del otro como un añadido, y empezamos a integrarla en el relato común”, señala Carmen Ruiz, pedagoga especializada en diversidad educativa.

Enseñar desde la empatía

Una educación que actúa como puente se apoya en pilares como la empatía, el pensamiento crítico y el diálogo. Incluir en el currículo referentes culturales diversos, abrir debates sobre identidades y derechos, o fomentar el aprendizaje de lenguas extranjeras, no son gestos simbólicos: son pasos concretos hacia una convivencia real y sostenible.

Además, formar docentes capaces de gestionar la diversidad con sensibilidad y profesionalismo es clave. Ellos y ellas son mediadores culturales, acompañantes del proceso de descubrimiento del otro, y del reconocimiento de uno mismo en ese espejo.

La educación como defensa contra la intolerancia

Frente a la xenofobia, el racismo o la desinformación, la educación ofrece una defensa silenciosa pero poderosa. Las aulas pueden ser el primer lugar donde se cuestionan estereotipos, se desmontan prejuicios y se siembra la semilla de una ciudadanía comprometida con los derechos humanos.

Porque cuando una niña aprende que su compañero viene de otro país pero sueña con lo mismo que ella; o cuando un adolescente escucha la historia de sus abuelos migrantes en clase; o cuando un profesor enseña historia con mirada plural, estamos construyendo paz.

Más allá de lo académico

La educación intercultural no solo se enseña: se vive. Se practica en las celebraciones que cruzan tradiciones, en los libros que recogen múltiples voces, en los proyectos que unen escuelas de distintos países, en los patios donde se juega en varios idiomas.

Cada experiencia compartida, cada historia escuchada con respeto, es un paso más hacia una sociedad más justa, inclusiva y solidaria.


Educar para la convivencia no es un lujo. Es una necesidad urgente. Porque solo aprendiendo a mirar al otro con curiosidad y respeto, podremos vivir en un mundo verdaderamente conectado y humano.